La desaparición de la memoria en plena era de crisis creativa.
Esta mañana me desperté queriendo ir a un supuesto mercado de objetos vintage anunciado en redes sociales. Me pareció la oportunidad perfecta para encontrar algún tesoro del diseño que evocara historias ajenas y me ayudara a reconstruir la mía.
Soy un cincuentón de la generación X, enamorado de la historia del arte y la cultura, que por más de veinte años ha orbitado la investigación de tendencias y de lo cool como investigador cultural. Mi tesis de doctorado integró el interés por el descubrimiento de la cultura con la realidad diaria de las organizaciones, animándolas a entender y celebrar sus expresiones e identidades como comunidad. Desde ese mismo lugar partían mis expectativas sobre encontrar íconos de la cultura en este mercado de significados y nostalgias.

En un galpón chapinero repleto de objetos sin ningún valor real, me encontré con un par de miles de veinteañeros ansiosos de que algo les encantara y le diera un soplo de vida a sus depresivas cotidianidades.
Todos estaban buscando algo cool. Algo sorprendente, motivante o encantador. Algo creativo que les moviera las entrañas.
La primera decepción fue la fila de la entrada. Inmediatamente descubrí que en realidad se trataba de un bar patrocinado por una multinacional licorera, capturando datos y biometrías de cada persona que creía estar contribuyendo, con su entrada, a los afectados por un terremoto.
Lo siguiente estuvo lleno de nostalgia. Me sentí entrar en un flashback de muchos sitios, ciudades y eventos a los que había asistido hace 25 o 30 años: Portobello Market, Greenwich Village, Kreuzberg, Poble Nou, hasta LX Factory pasaron por mi memoria en dos segundos.
Bogotá y su coolness llegan treinta años tarde. O tal vez sea la pérdida de referencias, la insistencia de las redes en el presente inmediato y la incapacidad de crear algo nuevo lo que ha hecho que este refrito de espacio alternativo de los noventa vuelva a ser cool para gente que no ha visto casi nada más que su Instagram.
Lámparas rotas a 700 mil, sillas imitación diseñador por dos millones, y el teléfono de baquelita de mi abuela por 450 mil. Puro attrezzo. Se ve claramente que esta escenografía es solo un pretexto para pasearse con actitud, comer hamburguesas de 45 mil y pizzas crudas de 60 mil, tomarse una selfie, escuchar algo de música y cruzarse con emprendedores gastronómicos calcados de Masterchef.

Me da tristeza pensar que las nuevas generaciones pierden las referencias de la cultura popular y les venden, muy caro y como si fuera nuevo, el refrito de experiencias, lugares y actitudes que mi abuela y sus amigas inventaron. Me da miedo ver qué tan fácil es engañar a incautos sedientos de emociones y de vida, en un mundo que solo quiere tu data para alimentar su algoritmo publicitario.
Hice fila media hora y salí de allí a los veinte minutos, pensando que esta escenografía de lo cool devora, impune y por completo, lo que sí podría ser realmente cool, innovador y espléndido: la capacidad creativa de nuestros jóvenes.
